Por Carlos Vivar, director de capital humana de Corporación Lindley
El concepto de Responsabilidad Social Empresarial ha sido incorporado por muchas empresas a su plan de acción, aunque muchas todavía tienden a asociarlo con simple asistencialismo o con mera dádiva, en lugar de darle un sitial dentro de un concepto mucho mayor: la permanente creación de valor.
Desde los orígenes de la humanidad, la inteligencia ha sido el motor fundamental que permitió a los seres humanos aprovechar los recursos que la naturaleza puso a su alcance. Con el transcurrir del tiempo, aparece la empresa como eje de la actividad económica, dando origen a los conceptos de capital financiero y capital de trabajo. Sin embargo, el progreso de las últimas décadas ha iniciado la denominada “era del conocimiento”, en la que hemos podido comprobar que la verdadera riqueza de una compañía radica en su capacidad de administrar el capital intelectual.
Si partimos de la premisa de que toda empresa busca generar valor, entonces debemos aceptar que los grandes desafíos para las empresas exitosas son: satisfacer las necesidades de sus clientes,  asegurar la mejor rentabilidad al accionista, garantizar a sus trabajadores un buen ambiente laboral que ayude a potenciar su desempeño, así como propiciar el desarrollo y crecimiento de su entorno.
Y es aquí donde cobra importancia la sustentabilidad, que podemos definir como el proceso de crear valor mediante la gestión equilibrada de los activos tangibles e intangibles. De esta forma, podríamos reconocer a una empresa que realiza una “gestión sustentable” analizando cómo asume la gestión de su gobierno corporativo, el manejo de sus finanzas, la generación de utilidades, la calidad de sus productos y/o servicios, la inversión en su capital humano, así como sus políticas y prácticas de responsabilidad social. Se trata, al fin y al cabo, de cambiar la perspectiva: la economía y el mercado son importantes, pero en una perspectiva de desarrollo humano y progreso social.